viernes, 26 de julio de 2013

Haz el bien sin mirar a quien (hay que leer)

Existen frases que han trascendido a lo largo de la historia y han llegado a ser de conocimiento popular. Uno puede ir por la vida escuchando a jóvenes y ancianos por igual dictar dichas oraciones, sintiendo empatía con las mismas o, por el contrario, mostrando su desagrado e indiferencia. Hay frases que van y frases que no van con uno. Entre las que no encajan conmigo está esa que anuncia: en esta vida ya nada me sorprende, puesto que si dejara de hacerlo, si realmente nada me sorprendería en esta vida, entonces no vale la pena seguirla viviendo. Y una que si, aunque muchas veces la olvide, es: todo lo bueno tiene algo malo y viceversa.

¿Y a qué va todo esto? ¿Vieron esas señoras pituconas que usan lentes de sol aunque esté nublado, que siempre calzan tacos aunque no estén yendo a trabajar a la oficina, ni saliendo a cenar o tomar algo por la noche. Que visten un paso adelante en la moda, siempre usando marcas carísimas y perfumes importados, que se maquillan aun para ir a la tienda si es que no mandan a su mucama que para eso están. Que se quejan (principalmente hablando de los vagos sin darse cuenta de que vago, según lo dicta el diccionario, es aquella persona sin oficio) de todo pero que no hacen nada, esas mujeres que normalmente están todas operadas, que tienen cara de culo todo el tiempo y nunca parecieran tener buen humor. Esas mujeres extremamente superficiales, que tienen la nariz puntiaguda como si todo el tiempo estuviesen oliendo mierda, esas mujeres que parece te miran desde arriba y de manera despectiva, que son sumamente falsas (o al menos eso aparentan). Esas mujeres que creen que por ser la elite de la sociedad son superiores a los demás (y por consecuente, los demás somos inferiores a ellos)? ¿las vieron? bueno, me paso algo muy loco, lo vi con mis propios ojos y si bien a nadie le importa sentí la necesidad de compartirlo, no sé por qué, ni para qué (ni para quién), pero debía compartirlo, parte de mi así lo solicita y no me voy a rehusar a hacerlo.

Estaba en una librería viendo de comprar algunos libros (vi uno de Laura Restrepo -Delirio- que andaba buscando muy barato y por eso entré. Y si quieren saberlo, si, lo compré junto a otros que no vienen al caso) y cuando estaba por pagar escucho un extraño hay que leer. La frase es cierta y estoy ciegamente de acuerdo con ella -el hecho del qué leer es algo que no se intenta debatir en este caso- pero a lo que me refiero cuando digo extraño es al tono en el que lo dijo la señora (o señorita). Seco, frío, incluso de modo imperativo, un tono que a mi particularmente no me invitaría a leer nada, pero lejos de eso el niño, por suerte, parecía muy entusiasta, al menos así lo demostraba su tono de voz.

La paratextualidad es, en la mayoría de los casos, más importante que la textualidad misma, no importa lo que digas sino como lo digas y este caso no creo que sea la excepción, sólo que algo raro ocurrió. Al girar la vista vi a la mujer, sobria, imponente, irradiando ese no sé que que suele tener la clase alta (o el intento de dicha clase) que tan mal me cae, pero mi sorpresa fue mayor al ver al niño; un niño sucio, descuidado, harapiento, un chico que quizá, por desgracia, tenga mas vitalidad que futuro, un chico que definitivamente no era su hijo, ni su sobrino, ni nadie que esa señora conociera. Nadie que estuviese acompañándola, era un nene que se mostraba contento por los libros que iba a recibir como regalo. Tras ello, la señora nuevamente con un tono asqueroso le decía: hay que leer y el chico entusiasta dijo si, y mañana leo novela como ésta. La conversación continuó un poco, siempre igual de distante pero no importa lo que se dijo, es irrelevante.

Después, al terminar de pagar, la mujer le da los libros sin siquiera voltear su cara para ver el rostro de felicidad que había provocado en el infante que salió corriendo contento de la tienda, no sin antes irse la dama por el otro costado de la misma como si nada hubiese pasado. Todo ese ambiente me resultó por demás extravagante y raro: la forma, las consecuencias, el por qué. Entonces entre a preguntarme: ¿Qué llevó a esa mujer a hacer un gesto tan admirable como ese sin como mínimo mirar a los ojos al niño, sin darle gesto de amor algún, ni siquiera un simple sonrisa? Si parece que uno hace un gesto sin intención, sin ganas, entonces: ¿por qué lo hace? ¿lástima? ¿un lugar en el cielo? ¿algo de culpa? puede ser. Lo que sea que movió a la señora para comprarle al chico un par de libros se debe tomar como el hecho en fin. Muchas veces he juzgado a la gente por su apariencia y si bien este caso me sigue pareciendo por demás extraño la conchetona me dio una buena lección. A pesar de que seguramente la olvide y vuelva a sentir cierta repulsión al ver una de ellas desfilando por la vida sin querer siquiera respirar el mismo aire que los sangre roja no quita que la señora haya procedido como quien dice corresponde, y quién soy yo entonces para poder juzgar la forma en la que lo hizo, siendo que también estaba en el mismo lugar y no realice tan majestuoso acto.

A fin de cuentas ya lo dice el dicho: haz el bien sin mirar a quien. Aunque cuando parezca tener que hacerlo literalmente.

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