martes, 8 de octubre de 2013

Black Sabbath . Vol. 4

La próxima vez que suba un viejito al colectivo y yo esté sentado en esos asientos delanteros, no importa lo cansado que esté no voy a esperar a que otro se levante, ni tampoco a hacerme el dormido. No señores, voy a dejarle el asiento, pero no porque sea bueno sino porque voy a pensar que ese viejito podría ser tranquilamente un Tony Iommi o un Ozzy y entonces merece más que mi respeto.

Y es que si algo me enseñó el show de Black Sabbath es que más alla de mis tres abuelas (si, tres, la materna, la paterna y mi vecina pepita!) y sus comidas (pastel de papa, tortilla de papa y flan -no, este no e de papa- respectivamente) aun quedan algunos viejito hermosos que me pueden volverme tan feliz como sea posible.

Imaginese usted, mi buen amigo, que después del show no me importó el hecho de tardar cerca de tres horas para hacer 50km y así poder volver a casa. No me inquietó dormir casi nada para ir a laburar. No me incomodó haber caminado quichicientas cuadras un domingo. Ni que me rompieran el orto (perdón por el vocablo) cobrandome $30 un pancho y un agua!. Ni siquiera me interesó que antes de ver a Dios (vaya paradoja enterarse que Sabbath es en realidad Dios, no?) hubiese tocado Megadeth, que también la rompió a pesar de que el sonido no los benefició del todo. Y es que todo lo que pasó hace unos días fue tan inolvidable y grandioso que aun tengo secuelas de felicida tan grandes que me ponen la piel de gallina y una sonrisa de oreja a oreja.

Sabbath o muerte


Vol 4

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